
Nunca imaginé que un domingo por la tarde en Wellington terminaría rodeada de lentejuelas, cintas de colores vibrantes, telas brillantes y un grupo de personas riéndose mientras intentaban no pegarse los dedos con silicon caliente. ¿El motivo? Un taller DIY de sombreros andinos impartido por mi querida amiga Laura, quien ha empezado a explorar con pasión las danzas tradicionales de Sudamérica, especialmente los Tinkus.
Laura es maestra de folklore mexicano en Wellington, y desde hace años ha compartido con amor y maestría los ritmos y trajes de su tierra natal. Pero en los últimos meses, algo la llamó desde el altiplano: los sonidos de los bombos, los movimientos guerreros del Tinku, y la explosión de color y fuerza de las danzas de Bolivia y Perú. Como todo lo que hace, decidió no quedarse solo como espectadora. Laura se lanzó a investigar, bailar y, por supuesto, crear.
Este taller nació de esa curiosidad profunda y de ese amor por las expresiones culturales vivas. No era solo un taller de manualidades: fue un espacio para conectar con nuestras manos, con nuestras raíces —aunque no sean directas— y con una comunidad que vibra con la idea de aprender haciendo.
Entre tiritas de colores y conversaciones profundas
El taller comenzó con una breve introducción sobre los sombreros típicos de algunas danzas andinas, como los del Tinku, Morenada o Diablada. Laura explicó con respeto y claridad que no se trataba de una réplica exacta ni de apropiación, sino de una exploración creativa y simbólica, inspirada en esos elementos visuales que tanto la han cautivado. Fue muy bonito ver cómo puso el foco en la intención: honrar, aprender y celebrar sin quitar.
Después, sacamos las tijeras. Nos repartió bases de sombreros que ella misma había preparado con cartón reciclado, fieltro y mucho amor. De ahí, cada quien empezó a imaginar. Algunos hicieron versiones festivas llenas de brillo, otros eligieron colores más sobrios, inspirados en montañas o cielos estrellados.
Yo me lancé por una mezcla de flores, cintas que caían como lluvia y un borde brillante que me recordó a los trajes que vi una vez en un festival en La Paz. Entre pistolas de silicón y té caliente, surgieron historias: gente que había viajado por Perú, otros que solo conocían estas culturas por documentales, y muchos que simplemente estaban felices de hacer algo con sus manos.




Más que un sombrero
Al final del día, cada quien se llevó su sombrero… pero también algo más. Un pequeño recordatorio de que el arte popular es una puerta para conectar mundos, incluso en un lugar tan lejos del altiplano como lo es Wellington.
Ver a Laura moverse entre nosotras, ayudando con una sonrisa, compartiendo videos de danzas, contando cómo fue para ella empezar a bailar Tinku sin haber crecido en esa tradición, fue profundamente inspirador. Ella no está intentando “dominar” otra cultura: la está abrazando con humildad, con una mirada amorosa que reconoce la complejidad, la historia y la belleza de lo colectivo.
¿Y ahora qué?
Dicen que cuando te pones un sombrero nuevo, ves el mundo con otros ojos. Y quizá eso pasó. Me fui con ganas de seguir explorando danzas, de seguir creando con mis manos, y de decirle a Laura que necesitamos una segunda edición. ¿Sombreros de carnaval? ¿Máscaras de diablada? ¿Tocados florales de Michoacán fusionados con elementos andinos? Las posibilidades son infinitas cuando el aprendizaje es colectivo, amoroso y hecho con glitter.
Gracias, Laura, por sembrar estos espacios. Y gracias a quienes se atreven a bailar, crear y aprender sin miedo, incluso si el sombrero les queda un poquito chueco.



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